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En el temblor compartido de nuestras manos,
reconocí su alma latido a latido.
Enunciamos dolor y arrepentimiento,
y pude pedir perdón por engendrar sus lamentos.
Su pesar en mi pecho habita,
está roto el corazón pero aún palpita,
y a la par suya canta y resuena.
Con una rítmica tonada, triste y bella.
Su mirada sideral:
prueba irrefutable de dulzura.
Un corazón de bondad:
sístole y diástole hasta
la eternidad.
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